viernes, septiembre 12
La literatura de Hispanoamérica avanza entre discursos de identidad, propone autonomía desde los orígenes precolombinos, pasando por momentos esenciales de la colonia, hasta la irrupción masiva de esta presencia en nuestro siglo, donde con una lengua común, el español, se diversifica un discurso cultural.
En 1895 Marcelino Menéndez Pelayo, afirmaba en Historia de la poesía hispanoamericana, que literatura hispanoamericana no era parte de la literatura española: “Nosotros también debemos contar como timbre de grandeza propia y como algo cuyos esplendores reflejan sobre nuestra propia casa, y en parte nos consuelan de nuestro abatimiento político y del secundario puesto que hoy ocupamos en la dirección de los negocios del mundo, la consideración de los cincuenta millones de hombres que en uno y otro hemisferio hablan nuestra lengua, y cuya historia y cuya literatura no podemos menos de considerar como parte de la nuestra", confirmando con la idea cito a Miguel León-Portilla “ ...ninguna cultura, por rica o desarrollada que se suponga, viene a ser paradigma o modelo óptimo que haya logrado las mejores formas imaginables de comportamiento, creación, instituciones, símbolos, medios de preservación y transmisión, que a la postre cabe considerar como indefinidamente variables y de múltiples modos perfectibles” .
La reciente conquista militar, la cultural y religiosa que se estaba llevando a cabo, se convirtió para las nuevas naciones en una empresa muy frágil, con constantes referentes de elementos que demostraban la existencia de un pasado que podían fragmentar la perspectiva nacional impuesta. La existencia de grandes contingentes indígenas en algunas zonas, como la andina, provocaba además un uso político de la referencia al pasado: los indígenas iban a ser masa de maniobra en los procesos de independencia y era necesario, para conseguirlo, le dio consistencia a todos estos elementos de atracción hacia un pasado que los identificaba a ellos, rescatado intencionalmente por la minorías criollas que se apropiaron del primer poder tras la independencia.
Las primeras obras de la literatura latinoamericana pertenecen tanto a la tradición literaria española. Así, los primeros escritores americanos como Alonso de Ercilla y Zúñiga, escritor de La Araucana (1569-1589), una épica acerca de la conquista del pueblo araucano de Chile por los españoles que no habían nacido en el Nuevo Mundo.
Las guerras y la cristianización del recién descubierto continente no crearon un clima propicio para el cultivo de la poesía lírica y la narrativa, por lo cual la literatura latinoamericana del siglo XVI sobresale principalmente por sus obras didácticas en prosa y crónicas. Destaca la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España (1632), escrita por el conquistador e historiador español Bernal Díaz del Castillo, lugarteniente del explorador también español Hernán Cortés, y la historia en dos partes de los incas de Perú y de la conquista española de este país, Comentarios reales (1609 y 1617), del historiador peruano Garcilaso de la Vega, el Inca. Las primeras obras teatrales escritas en Latinoamérica, como Representación del fin del mundo (1533), sirvieron como vehículo literario para la conversión de los nativos.
El espíritu del renacimiento español, así como un exacerbado fervor religioso, resulta evidente en los textos de comienzos del periodo colonial, en el que los más importantes difusores de la cultura eran los religiosos, entre los se encuentran el misionero e historiador dominico Bartolomé de Las Casas, el autor teatral Hernán González de Eslava, que trabajó en México, y el poeta épico peruano Diego de Hojeda.
México y Lima.
Los virreinatos de Nueva España y Perú, respectivamente, se convirtieron en los centros de toda la actividad intelectual del siglo XVII, y la vida en ellas, una espléndida réplica de la de España, se impregnó de estudios, ceremonias y artificialidad. Los criollos superaron a menudo a los españoles en cuanto a la asimilación del estilo barroco predominante en Europa. El más destacado de los poetas del siglo XVII en Latinoamérica fue Sor Juana Inés de la Cruz, que escribió obras de teatro en verso, de carácter tanto religioso como por ejemplo, El divino narciso (1688).
Escribió asimismo poemas en defensa de las mujeres y obras autobiográficas en prosa acerca de sus variados intereses como respuestas a Sor Filotea de la Cruz. La mezcla de sátira y realidad que dominaba la literatura española llegó también al Nuevo Mundo, y allí aparecieron, entre otras obras, la colección satírica Diente del Parnaso, del poeta peruano Juan del Valle Caviedes, y la novela Infortunios de Alonso Ramírez (1690), del humanista y poeta mexicano Carlos de Sigüenza y Góngora.
Esta conciencia determinará en cualquier caso una línea de aprecio hacia aquellas formas literarias y culturales que están en los orígenes de nuestra América, sin olvidar, a la hora de afrontar su historia literaria, tanto el tiempo de orígenes como el tiempo de transculturación europea colonial. La comprensión de esta doble dimensión significa, en el terreno cultural, la aceptación de la noción metodológica esencial del mestizaje como identidad imprescindible de América.
En 1895 Marcelino Menéndez Pelayo, afirmaba en Historia de la poesía hispanoamericana, que literatura hispanoamericana no era parte de la literatura española: “Nosotros también debemos contar como timbre de grandeza propia y como algo cuyos esplendores reflejan sobre nuestra propia casa, y en parte nos consuelan de nuestro abatimiento político y del secundario puesto que hoy ocupamos en la dirección de los negocios del mundo, la consideración de los cincuenta millones de hombres que en uno y otro hemisferio hablan nuestra lengua, y cuya historia y cuya literatura no podemos menos de considerar como parte de la nuestra", confirmando con la idea cito a Miguel León-Portilla “ ...ninguna cultura, por rica o desarrollada que se suponga, viene a ser paradigma o modelo óptimo que haya logrado las mejores formas imaginables de comportamiento, creación, instituciones, símbolos, medios de preservación y transmisión, que a la postre cabe considerar como indefinidamente variables y de múltiples modos perfectibles” .
La reciente conquista militar, la cultural y religiosa que se estaba llevando a cabo, se convirtió para las nuevas naciones en una empresa muy frágil, con constantes referentes de elementos que demostraban la existencia de un pasado que podían fragmentar la perspectiva nacional impuesta. La existencia de grandes contingentes indígenas en algunas zonas, como la andina, provocaba además un uso político de la referencia al pasado: los indígenas iban a ser masa de maniobra en los procesos de independencia y era necesario, para conseguirlo, le dio consistencia a todos estos elementos de atracción hacia un pasado que los identificaba a ellos, rescatado intencionalmente por la minorías criollas que se apropiaron del primer poder tras la independencia.
Las primeras obras de la literatura latinoamericana pertenecen tanto a la tradición literaria española. Así, los primeros escritores americanos como Alonso de Ercilla y Zúñiga, escritor de La Araucana (1569-1589), una épica acerca de la conquista del pueblo araucano de Chile por los españoles que no habían nacido en el Nuevo Mundo.
Las guerras y la cristianización del recién descubierto continente no crearon un clima propicio para el cultivo de la poesía lírica y la narrativa, por lo cual la literatura latinoamericana del siglo XVI sobresale principalmente por sus obras didácticas en prosa y crónicas. Destaca la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España (1632), escrita por el conquistador e historiador español Bernal Díaz del Castillo, lugarteniente del explorador también español Hernán Cortés, y la historia en dos partes de los incas de Perú y de la conquista española de este país, Comentarios reales (1609 y 1617), del historiador peruano Garcilaso de la Vega, el Inca. Las primeras obras teatrales escritas en Latinoamérica, como Representación del fin del mundo (1533), sirvieron como vehículo literario para la conversión de los nativos.
El espíritu del renacimiento español, así como un exacerbado fervor religioso, resulta evidente en los textos de comienzos del periodo colonial, en el que los más importantes difusores de la cultura eran los religiosos, entre los se encuentran el misionero e historiador dominico Bartolomé de Las Casas, el autor teatral Hernán González de Eslava, que trabajó en México, y el poeta épico peruano Diego de Hojeda.
México y Lima.
Los virreinatos de Nueva España y Perú, respectivamente, se convirtieron en los centros de toda la actividad intelectual del siglo XVII, y la vida en ellas, una espléndida réplica de la de España, se impregnó de estudios, ceremonias y artificialidad. Los criollos superaron a menudo a los españoles en cuanto a la asimilación del estilo barroco predominante en Europa. El más destacado de los poetas del siglo XVII en Latinoamérica fue Sor Juana Inés de la Cruz, que escribió obras de teatro en verso, de carácter tanto religioso como por ejemplo, El divino narciso (1688).
Escribió asimismo poemas en defensa de las mujeres y obras autobiográficas en prosa acerca de sus variados intereses como respuestas a Sor Filotea de la Cruz. La mezcla de sátira y realidad que dominaba la literatura española llegó también al Nuevo Mundo, y allí aparecieron, entre otras obras, la colección satírica Diente del Parnaso, del poeta peruano Juan del Valle Caviedes, y la novela Infortunios de Alonso Ramírez (1690), del humanista y poeta mexicano Carlos de Sigüenza y Góngora.
Esta conciencia determinará en cualquier caso una línea de aprecio hacia aquellas formas literarias y culturales que están en los orígenes de nuestra América, sin olvidar, a la hora de afrontar su historia literaria, tanto el tiempo de orígenes como el tiempo de transculturación europea colonial. La comprensión de esta doble dimensión significa, en el terreno cultural, la aceptación de la noción metodológica esencial del mestizaje como identidad imprescindible de América.
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